Así, del fondo de su alma. De esa pequeña cabecita de tres años y medio, seducida quizás por el aroma de chocolatada y tostadas que estaba preparando, cantando por enésima vez el CD de la reina batata.
Matilda encontró las palabras más sinceras y simples con que se puede nombrar el milagro que supone una mamá que la cuida y una hija a la que le gusta su mamá. Mucho.
Y la cosa viene a ser que la mamá nombrada soy yo. Qué importan los kilos de más, la panza que quedó como para jugar al elástico, lo que uno ya no tiene más tiempo de
hacer. Yo la abracé y me la comí a besos. A mí también me gusta mi Matilda. Infinitamente.